Mi nombre es Macarena y crecí rodeada de “profes”. Mis padres, mis tíos, mis vecinos (luego mis primos, mis amigos, mi cuñado, mi hermana). El barrio donde vivía de niña era una cooperativa de profesores. Mi mundo se desarrolló entre colegios, actos, presentaciones, bingos y demases principalmente en la escuela donde mi papá trabajaba, respiré desde niña los aires de la educación. Crecí viendo lo satisfactorio que era trabajar en este ambiente. Viendo como mis padres vibraban con sus niños. Luego viendo como en cada rincón de esta ciudad aparecen estos alumnos y los saludan con cariño (algunos se ven tan “grandes” que me sorprende la poca diferencia de edad).

Fui educada con su ejemplo de entrega. Finalmente, una forma de vida. Mi madre dejó en algún momento su trabajo, para dedicarse a nuestra educación. Esto también forjó en mí y en mis hermanas una seguridad especial, un vínculo materno importante, que al menos a mí, me hizo más sensible y más cercana a las realidades ajenas al núcleo familiar.

Por eso creo que no es casualidad que la vida me haya llevado por este rumbo. Buscando una “pega con sentido”, llegué a trabajar haciendo clases, luego aportando desde mi profesión, aplicando las herramientas de la ingeniería en el desarrollo, implementación y seguimiento de planes de mejoramiento, control de gestión y auditorías.

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Soy César.  Dejé el colegio cuando tenía 16 años, con la idea de trabajar y olvidarme de estudiar para siempre. Habían sucedido varios acontecimientos con mi familia nuclear que me obnubilaban la visión. Mi querido profesor Néstor, de Legislación Tributaria, se mantuvo obtuso ante mi negativa de seguir y no se detuvo hasta que estuve matriculado para terminar “contabilidad” en un liceo nocturno. En ese ambiente conocí la belleza del ser profesor. Había colegas que trabajaban todo el día en un colegio y luego “por puro amor a la profesión” seguían con los “más difíciles”, nosotros, los de la noche. Pude comprender lo extenuante de la preparación de la enseñanza, lo agotador de la evaluación y corrección de los instrumentos evaluativos, las largas jornadas de preparación y elaboración de material didáctico y un largo etcétera, con el único fin de ayudarnos a sortear con éxito las diferencias que nos habían marcado con otros desde niños. ¡¡¡Era inspirador!!! Tanto amor puesto al servicio de otros.

He trabajado en todo el sistema educativo desde la Educación Parvularia hasta la Educación Terciaria y toda esa experiencia está disponible para resignificar y construir. Es la manera de decir gracias a tanto compañero docente que ha transformado la historia de tantos y sobre todo la mía.

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